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¿A quiénes responde el membrete EZLN?

Escrito por  Ginés Sánchez Ene 08, 2019

De manera un tanto llamativa, por decir lo menos, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ha salido de su supuesto escondite, “en algún lugar de la sierra de Chiapas”, sólo para golpear a Andrés Manuel López Obrador, desde 2012 con su fracasada “otra compaña” hasta los dias presentes.

Lo que más llama la atención es su nula actividad, ni siquiera por la vía de algún escueto comunicado que reflejara indignación alguna por los abusos cometidos contra la patria durante los últimos tres sexenios, caracterizados por su sello decadente y de ignominia. Es más, en trascendidos de prensa durante la pasada administración se aseguró que Guillén Vicente, apellidos reales del subcomandante Marcos, hermano de una priísta con notable carrera política, estaba enfermo de cáncer, desahuciado, ya en etapa terminal.

Hoy lo hace; ya desde el triunfo aplastante de López Obrador en la urnas salió a la luz con su montaje ridículo. Un grupo guerrillero que se levantó en armas por la postración de esa región del país y la desigualdad del México del norte en contraposición con el México del sur-sureste, ahora en franca oposición al gran proyecto de nación precisamente para reducir esa brecha, esa deuda secular. Vaya nivel de surrealismo.

A todo esto, valdría la pena cuestionar el origen de este, siempre para mí dudoso y oscuro, carente de toda base social real, movimiento guerrillero engañatontos. Dos hipotesis, conspiracionistas si se quiere –¿pero qué no lo es en política, máxime en la mexicana?–, se han tejido en torno a ello al correr de los años:

Una es que fueron grupos del propio PRI quienes lo financiaron y llevaron a cabo la gran puesta en escena, con rifles artesanales de palo como utilería para los actores de reparto y los extras, con el fin de detener el creciente poder del aún presidente Carlos Salinas de Gortari, y sus afanes transexenales con todo y su modelo político-económico, ya tirado para ese entonces demasiado hacia la derecha y cada vez más alejado del tricolor de la vieja guardia.

Fueron el ex presidente Luis Echeverría Álvarez y Fernando Gutiérrez Barrios, quien fue titular de la Secretaría de Gobernación en la primera mitad del mismo sexenio salinista, salieron al paso a declarar a los medios, ante una creciente ola de rumores, lo más seguro alimentados desde Los Pinos, acerca de un posible escenario de relección de Salinas.

Esas declaraciones, si bien frustraron aquellos descabellados afanes, también le costaron el puesto a Gutiérrez Barrios, hombre con toda la información política y con todos los hilos y resortes de su manejo en las manos.

Ya si también habrán tenido que ver en los magnicidios de Luis Donaldo Colosio Murrieta y José Francisco Ruiz Masssieu, se me hace demasiado aventurado especular al respecto. Pero no es por sermonear a nadie; yo recuerdo aún como si fuera ayer, cómo Luis Echeverría sorprendió a la funeraria ubicada en Félix Cuevas, y al país entero, al ponerse de pie y pronunciar un discurso en torno al nacionalismo revolucionario y su pérdida de rumbo, y luego remató su perorata con su clásico y ya guardado por décadas: “¡arriba y adelante!”.

Si esa versión es o no verdad, nunca lo sabremos; lo cierto es que el sol de la carrera política y el prestigio de Salinas de Gortari se vieron eclipsados a partir de ese día de Año Nuevo de 1994, hace ya un cuarto de siglo.

Otra versión de los orígenes de ese oscuro grupo de choque es que el propio Salinas, en contubernio con su alter ego, Joseph Marie Córdoba Montoya, prepararon un escenario de crisis nacional, con la finalidad de beneficiarse ellos y todo su grupo de politicos y empresarios, neobanqueros muchos, con el megarescate financiero llamado Fobaproa, que al día de hoy seguimos pagando todos los mexicanos, más las incalculables ganancias que obtuvieron mediante la compra masiva y especulativa de dólares a tiempo, antes de la consabida superdevaluación, una manera de multiplicar fortunas en unos cuantos días, que no pocos grandes potentados habían ya llevado a cabo en la crisis de 1982.

No sería casualidad, en dicho supuesto, que el sucesor de Colosio haya sido Ernesto Zedillo Ponce de León, titular por aquellas fechas (después del 82) del Ficorca, una especie de programa para el rescate de grandes empresas por el Estado mexicano ante el escenario de la volatilidad cambiaria de aquella primera gran crisis.

Sea cual sea el auténtico origen del mal llamado Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el PRI decidió dejarlo vivo, latente, agazapado para cuando se le necesitara, y hoy más que nunca es cuando se hace patente su reaparición, ante el terrorífico y dantesco cuadro de un partido tricolor reducido a su mínima expresión. n