Acción tardía

Escrito por  Feb 14, 2019

Muy tarde” llega a las víctimas indirectas de la guerra sucia el plan federal para reparar el daño causado a partir de que sus familiares fueron desaparecidos por el Ejército en los años 60 y 70 del siglo pasado, señaló ayer Micaela Cabañas Ayala, hija del jefe guerrillero Lucio Cabañas Barrientos, cuya lucha armada en la sierra de Atoyac sirvió de pretexto al gobierno mexicano de entonces para emprender un ataque indiscriminado contra la población civil de ese municipio y sus circunvecinos, que consideraba base social del movimiento.

“Muy tarde” porque, a lo largo de los 40 años que han transcurrido desde entonces, muchas de esas víctimas indirectas ya murieron mientras esperaban saber qué fue de sus seres amados, si por fortuna alguno habría supervivido la dura circunstancia de caer en manos del Ejército de entonces; y si murió, dónde quedaron sus restos.

El Ejército entonces estaba al servicio de un régimen de opresión, soberano en su discurso, pero en los hechos plegado a los dictados del gobierno de Estados Unidos, que veía el mundo a través del prisma de la guerra fría que mantenía con la Unión Soviética por la supremacía bélica e ideológica mundial. Y la orden imperial era destruir y eliminar todo rastro de cualquier movimiento reivindicatorio que guardara alguna afinidad ideológica o política con el gran enemigo del imperio yanqui.

Por eso el objetivo era no sólo aniquilar los movimientos guerrilleros que pululaban por todo el país, el urbano y el rural, sino acabar también con sus bases sociales, que los alimentaban con combatientes, abastecimientos, refugio y otros recursos. Esa circunstancia marcó el destino de la población de Guerrero y, en particular, de Atoyac.

Algunos analistas afirman que debe valorarse el hecho de que los militares de alto rango de México no tuvieron siquiera la intención de dar golpe de Estado, como ocurrió en otros países de América Latina bajo la égida de Estados Unidos. Pero, en realidad, nunca hubo necesidad de una asonada porque los gobernantes mexicanos tuvieron la precaución de nunca incomodar demasiado al belicoso vecino del norte.

Motivados por los agravios que significaron las invasiones militares estadunidenses previas, trataron siempre de guardar las apariencias. Por eso en el discurso apoyaban la revolución cubana y al régimen de Salvador Allende, pues de ese modo mantenían la distancia del imperio. Pero en la política doméstica obedecían sin chistar al amo del norte.

“Muy tarde” porque este esfuerzo gubernamental debió llevarse a cabo en cuanto cayó ese régimen, en el año 2000. Pero el panista Vicente Fox dejó ir esa y muchas otras oportunidades de desmontar la maquinaria hegemónica, e hizo como que hizo con una fiscalía especial para movimientos del pasado, pero al final no hizo nada al respecto.

Felipe Calderón tampoco lo haría, pues el Ejército era su principal instrumento para emprender su guerra contra el crimen organizado, y no había de causarle incomodidad alguna con reclamos acerca de desaparecidos de 30 años antes.

Enrique Peña Nieto no podía hacerlo, pues provenía del partido que sostuvo aquel viejo y enmohecido régimen represor.

Hoy se ha propuesto esa tarea el presidente Andrés Manuel López Obrador. Pero su gobierno apenas empieza. Algunas dudas pueden surgir en vista de la importancia que tienen las fuerzas armadas para su plan de pacificación del país. Habrá que concederle, entonces, el beneficio de la duda. n